Fundación Francisco Herrera Luque presenta CAFÉ DE LOS SÁBADOS: MÍNIMAS NOSTALGIAS CARAQUEÑAS: luchas por la memoria en el conflicto político. Se abordará la memoria como escenario de conflicto político en la Venezuela actual. La lucha por dictar, fijar y reproducir una versión de la historia y los efectos que ha tenido en la vida cotidiana del venezolano. Permite pensar en cómo el conflicto político ha influido también en el registro personal y la importancia de lo íntimo como escenario de resistencia política.

El día sábado 19 de julio a las 11:00 am. en la sede de la Biblioteca Herrera Luque. Dirección: 3ra. avenida entre 2da. y 3ra. Transversal, Plaza Los Palos Grandes, sótano 2. Información: fundacionherreraluque@gmail.com, www.fundacionherreraluque.org, 0212 2147966

El invitado, Manuel Llorens es psicólogo clínico y comunitario. Profesor de la UCAB. Psicoterapeuta e investigador en temas relacionados con la violencia. Autor y co-autor de varios artículos y libros de psicología entre los cuales están: "Terapia para el Emperador: crónicas de la psicología del fútbol" (Libros Marcados, 2012); "Acuerdos Comunitarios de Convivencia ante la Violencia Armada" (Amnistía Internacional, 2013) y "La Belleza Propia: arte, adolescencia e identidad" (Fundación Polar, 2014). Ganador del Premio Fernando Paz Castillo de poesía con el poemario: "Poema para un lunes bancario" (Fundación Celarg, 2007).

30-11-1998


Presentación del libro Demonios del Mar de Luis Britto García en el CELARG
Discurso del Dr. Ramón J. Velásquez
Entre los oyentes:
Eleonora Gabaldón Anzola,
Prof. José Luis Salcedo Bastardo
María Margarita Terán de Herrera
Pedro Cunill Grau

UCV-1996


Pedro Cunill Grau
Ramón J. Velásquez
María Margarita Terán de Herrera

28-03-1995


Homenaje al Rector de la Universidad de Nicaragua Alejandro Moreno Serrano
Luis Castro Leiva
Rector Moreno Serrano
Ramón J. Velásquez
Teodoro Petkoff


Discurso del Rector de la Universidad de Nicaragua Alejandro Moreno Serrano

09-1995


Inauguración de las Jornadas de Reflexión Balance Psicosocial de Venezolano
Senta Essenfeld
María Margarita Terán de Herrera
Ramón J. Velásquez

04-1992


Entrega de los Manuscritos de Francisco Herrera Luque a la Biblioteca Nacional
Blanca Rodríguez de Pérez
Virginia Betancourt
Ramón J. Velásquez
Martín Herrera Terán





S/A. Ramón J. Velázquez y Pompeyo Márquez en el hemiciclo del Congreso Nacional





S/A. Salvador Garmendia recibe de manos del Presidente Ramón J. Velázquez el Premio Nacional de Literatura. Detrás, el General Fernando Ochoa Antich.





Autor: Julio Andríquez Hortúa. Llegada del presidente Ramón J. Velázquez a la Base Aérea “General José Antonio Anzoátegui”. Saludo a militares. 20-07-1993





S/A. Ramón J. Velázquez ejerce su derecho al voto.





S/A. Ramón J. Velázquez, Rafael Caldera, Pedro Grases, entre otros. Acto de condecoración en Miraflores.





S/A. Ramón J. Velázquez y su gabinete ministerial en el Palacio de Miraflores.





S/A. Eduardo Fernández, secretario nacional del partido político COPEI y Ramón J. Velázquez durante el ejercicio de su presidencia. Circa 1993.





Dirección Nacional de Información. Servicio de Cine y Fotografía. Rómulo Betancourt, Presidente de Venezuela (1959-1964) y Ramón J. Velázquez, secretario general de la presidencia. Primera firma después del atentado. 1960.





S/A. Reunión política. En la imagen, de izquierda a derecha: General Quevedo, Edgard Sanabria, Ramón J. Velázquez, Luis Gerónimo Pietri. Detrás, Andrés Aguilar.





Dirección Nacional de Información. Ministerio de Relaciones Interiores. Ramón J. Velázquez, Rómulo Betancourt, Francisco Carrilo Batallla, Rafel Pizani, Lorenzo Fernández, Luis Augusto Dubuc, entre otros.





Laboratorio Fotográfico. Miraflores. . Ramón J. Velázquez y Raúl Leoni.





S/A. Ramón J. Velázquez, Secretario de la Presidencia, Picardo Montilla y Carlos Andrés Pérez, Ministro de Relaciones Interiores. Visita a ensambladora de vehículos. 1961.





S/A. Ramón J. Velázquez, Miguel Ángel Burelli Rivas, Pedro Grases y Efraín Mazzei Gabaldón. 31-12-1962.





S/A. Ramón J. Velázquez, Rómulo Betancourt y Pedro del Corral.





S/A. Ramón J. Velázquez en celebración popular.





S/A. Ramón J. Velázquez, Claudio Fermín, Pedro París Montesinos, David Morales Bello, entre otros. Aniversario del partido Político Acción Democrática.





S/A. Ramón J. Velázquez, Gustavo Velázquez Betancourt, entre otros.





S/A. Ramón J. Velázquez y su gabinete.





S/A. Rafael Caldera y Ramón J. Velázquez.





Autor: Jorge Guerra. Rafael Caldera, Octavio Pelage, Ramón J. Velázquez, entre otros. Base Aérea “El Libertador”, con motivo del septuagésimo tercer aniversario F.A.V.





S/A. Ramón J. Velázquez y Eleazar López Contreras.





S/A. Ramón J. Velázquez junto a Armando Branger, Arturo Hernández Grisanti y Carlos Canache Mata, entre otros.





S/A. Ramón J. Velázquez junto a Oscar Zambrano Urdaneta, Luis Pastori y José Antonio de Armas Chitty.

“…ese conspirador de la bondad”

Le escuché esa expresión a Reinaldo Leandro Mora, otro gran ser humano. Ramón J. Velásquez en el Senado, armado de su sonrisa, hablaba con los parlamentarios para resolver problemas de gente que no estaba ahí y le había pedido algún favor. Al tiempo, daba su opinión y por ende influía en los debates parlamentarios sin ser protagonista, con su invaluable sabiduría y sentido de la realidad. Jefes políticos importantes, directamente le consultaban para decisiones de envergadura. Leandro observaba desde la Presidencia del Senado los movimientos conspirativos de su amigo y los grupitos que se formaban a su alrededor. En esos intercambios, Ramón J. aconsejaba sin que los interlocutores se dieran cuenta. “Lo que nunca le daría a un amigo es un consejo” me dijo varias veces a lo largo de muchos años de amistad… “simplemente le explico, a quien me lo solicita, lo que yo haría en sus circunstancias”.

Y su criterio venía con la densidad de un incomparable conocimiento de la historia venezolana, su experiencia sin límites por haber participado en casi todos los acontecimientos importantes desde 1945. Varios de sus libros son esenciales para comprender la marcha del país porque, aparte de la erudición historiográfica, no son descripciones externas de los procesos analizados, sino que parecía que la ouija había hecho que el espíritu del personaje que estudiaba se posesionara del autor. No existe una versión más existencial, profunda y creíble de Gómez que sus Confidencias imaginarias, ni un estudio con mayores cualidades cinematográficas sobre Antonio Paredes que La caída del liberalismo amarillo.

Su amor por documentar las ideas, los debates, el nacimiento y desarrollo de los movimientos políticos, lo hacen emprender y culminar tres investigaciones documentales de dimensión monumental: el Pensamiento político venezolano del siglo XIX,Pensamiento político venezolano del siglo XX, y la Memoria del Congreso pensamiento político latinoamericano de 1983, para que se sumergen quienes quieren conocer la formación del Estado y la sociedad venezolanos, y los debates en el continente. Difícil que se pueda investigar sobre esos asuntos sin recurrir a tales océanos de información, concebidos, planificados y ejecutados en equipo por la inteligencia de Velásquez.

Su larga y fulgurante carrera política que comenzó asumiendo la democracia en época de dictaduras, al lado de Rómulo Betancourt, lo llevó a la cárcel por haber publicado con su entrañable amigo José Agustín Catalá, y Simón Alberto Consalvi, El libro negro de la dictadura de Pérez Jiménez. Secretario de la Presidencia en plena lucha armada, Betancourt lo designó en el cargo para mantener un puente de diálogo con los dirigentes de izquierda, a los que adversaba con humanidad y respeto. Fundó la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado en el período de Lusinchi, la chispa que encendió el cambio económico y político en el país y que lamentablemente se malogró.

Pero más allá de todos esos extraordinarios aportes que ningún venezolano de siglo XX iguala, porque cubren territorios tan variados como la academia, la política y la administración, nos abandona un ser humano como muy pocos. Los intensos siete meses que ocupó la presidencia, – Vallejo escribió “como me duele el pelo al columbrar los siglos semanales”- en medio de la terrible crisis política que solo él podía enfrentar, cada semana era realmente un siglo. Una vez, cuando me despedía de una reunión con él, me dijo: “cualquier noche vienen unos alzados y amanezco amarrado a esta silla”. Fue héroe sin heroísmos fatuos.

Un verdadero conspirador de la bondad, del que nadie recibió un agravio y sí, todo el que lo conoció, un favor, un estímulo o un gesto de amistad. Es tal vez la única persona –junto con Carlos Rangel- con la que siempre conté en los peores momentos y con la que contraje una deuda de amistad que jamás pude pagar. Mi abrazo fuerte a sus familiares y amigos. En la Iglesia de San Patricio, Dublín, duermen las cenizas de Jonathan Swift, otro conocedor profundo del alma y que igual pasó por los pantanos sin tocar el lodo. Su epitafio dice “Se fue donde el espectáculo de la maldad y la necedad humana ya no lograrán desgarrarlo. Ve allí viajero, si puedes, e imita a este infatigable luchador por la libertad”.

La mañana del día en que se cumplían 193 años de la Batalla de Carabobo, Venezuela se despertó con la noticia de la muerte de un héroe civil. El doctor Ramón J. Velásquez (Táchira, 1916) era, sin duda alguna, uno de los hombres vivos más importantes de la historia del siglo XX de este país. Además –si obviamos la brevísima incursión de Octavio Lepage– el último ex presidente que se mantenía despierto, digamos así, en medio de esta turbia pesadilla política. La actual crisis nacional se hace evidente en este dato: hoy, Venezuela es un país sin mandatarios en situación de retiro, lo que indica la cantidad de tiempo –excesivo– que la guadaña del cesarismo se ha dedicado a segar la democracia.

Murió alrededor de las 5:40 de la madrugada, en su casa, en Caracas. Tranquilo. Un poco aquejado por los achaques propios de su edad. Había despertado ya, minutos antes, como siempre –era tempranero–, y tras estar un rato en su entorno, entró de nuevo en el sueño. Era el final. Era la culminación, fue más bien la consumación de una vida de casi un siglo en que se dedicó denodadamente a la labor venezolana: reflexión y gobierno de nuestra realidad a fin de transformarla, a fin de hacerla agua clara y potable para el discreto molino de nuestros días.

Desde su ejercicio como ministro para la Secretaría durante la segunda presidencia de Rómulo Betancourt (1959-1963) hasta el de su actuación como presidente encargado luego de la destitución de Carlos Andrés Pérez (1993-1994), su obra como hombre de Estado fue ejemplar. Ni el llamado “narcoindulto” a Larry Tovar Acuña –que algunos blanden ahora como espada con la cual herirlo– es hecho que tenga el peso para hundir su decencia, su integridad. Se supo, es sabido que en ese caso Velásquez fue víctima de una trama, de una trampa que de ninguna manera compromete su calidad moral. Los acusadores olvidan, eso sí –de seguro por ignorancia– que durante ese interinato, uno de los más complejos y peliagudos que haya asumido la democracia, Velásquez llegó incluso a frustrar insurrecciones que le hubieran costado muy caro al frágil destino de la República. Y lo hizo en silencio, con la discreción que siempre lo caracterizó.

Por lo demás, a esas alturas Velásquez había probado su solvencia como hombre venezolano en el ámbito, no solo de la gestión pública (había sido también ministro de Comunicaciones, cuando el primer Caldera, y presidente de la Comisión para la Reforma del Estado, cuando Lusinchi), sino también en el del estudio. Individuo de Número de las academias de la Historia y de la Lengua, libros suyos comoConfidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez y La caída del Liberalismo Amarillo, entre otros, lo ubican como uno de los intérpretes ineludibles de las claves de la nación.

Otro asunto que lo convierte en un hombre principal: con decisión, con valentía, el doctor Velásquez luchó –desde su inseparable periodismo, desde la colaboración política– contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Padeció cárcel, como tantos otros, y, al salir de ella, continuó el camino que se había trazado en su juventud: quiso desde muy pronto que Venezuela fuese una nación en la que reinara un “orden político”, allí donde “orden” quería decir progreso y donde “político” significaba convivencia y hermandad sincera y entrañable.

La madrugada de este 24 de junio murió el doctor Ramón José Velásquez. Va a amanecer de nuevo en este país durante su ausencia. O quizá, en cambio, amanezca en su presencia, que sabrá acercarse hasta nosotros desde la memoria. Hace seis años, más o menos, el viejo sabio tachirense les escribió una carta a sus hijos en que les pedía que, al fallecer, lo cremaran y esparcieran sus cenizas en el Ávila. Era el deseo de un andino que estimaba idóneo reposar para siempre en las faldas de una montaña. Elisa Lerner, escritora nuestra que fue su admiradora y amiga de varias décadas, ha dicho esto a propósito de su desaparición: “El doctor Velásquez fue, como muchos, protagonista de un dolor venezolano. Un dolor sin estruendo. Lo vivió con modestia y paciencia. No quiso crear una épica porque ya había demasiada en Venezuela. No nos hemos dado cuenta del calado de su sacrificio”. El tiempo dirá cuán conscientes somos para poder mirar de frente, agradecidos, el rostro de nuestros mejores hombres.Doctor Velásquez, el Ávila lo espera.

Ramón y Pancho: desenlace de un encuentro en Miraflores


La muerte de Ramón J. Velásquez privará a la Fundación Francisco Herrera Luque (FFHL) de quien a partir de 1995 potenció la misión que nos trazamos y actuó como mentor hasta la actualidad.

Tuvo la deferencia de aceptarnos como uno de sus compromisos centrales e incluso presidirla, menos como nuestro reconocimiento a su valía intelectual y la prestancia del hombre público, que por el valor que el consagrado historiador académico, confería a la obra del psiquiatra y escritor Herrera Luque.

El doctor Velásquez, quien hizo de pedagogo a lo largo de una vida en la que jamás desperdició la oportunidad para instruir y abrir caminos a la juventud en la cual tuvo fe ciega y por ello le serviría sin tregua, el año 1961 recibió en el despacho de la Secretaría General de la Presidencia de la República, a Francisco Herrera Luque. Le lleva y deja sobre el escritorio, una de sus obras de juventud.

La diligencia para que se celebrara aquella audiencia la hizo un amigo común, Carlos Arcaya –recuerda María Margarita Terán, viuda de Pancho, como también Velásquez prefería referirse a quien desde aquella reunión palaciega, se convirtió en amigo muy especial, respetado, admirado, tratado con singulares deferencias.

Tras la lectura del manuscrito en su versión de entonces, el Secretario de la Presidencia de la República da la orden para que la Imprenta Nacional prepare la primera edición de Los Viajeros de Indias.

Algo sabría el presidente Rómulo Betancourt acerca de Herrera Luque, de 34 años de edad, de lleno en las lides universitarias luego del regreso de España, para incorporarse a la UCV como docente, pues le comentó a Velásquez: “No te metas en esa vaina”.

Sin embargo, la imprenta hace su trabajo y en pocas semanas, luego de la presentación de la obra, Los Viajeros de Indias estaba convertida en una referencia literaria y científica nacional. Circulaba profusamente pues –como lo dijo el colega de Pancho, Eloy Silvio Pomenta: “generó polémicas y controversias. Se atrajo el ataque de psicoanalistas con su énfasis en el trauma infantil y la crianza. Y también de psiquiatras con influencias marxistas e izquierda, que priorizaban el origen ambiental y social de las enfermedades mentales. Todo lo relacionado con herencia era considerado reaccionario y fatalista”.

Roberto Lovera De Sola, uno de los biógrafo de Herrera Luque, crítico literario e historiador, comenta: “cada vez que circularon Los viajeros de Indias tuvieron la suerte de agotarse inmediatamente. Todo lo explicado nos indica que Herrera Luque trabajó en Los viajeros de Indias durante veinte años, desde que, en 1950, se hizo las primeras conjeturas sobre la sobrecarga psicopática que encontraba en los venezolanos, en el proceso que lo llevó a la primera versión concluida en 1952, la que publicó en 1961, con cierta celeridad porque se dio cuenta que sino hacía público su libro sus ideas serían plagiadas, prosiguió al vertebrarla como tesis de grado, presentada con el título que hemos referido antes y más tarde al preparar su edición definitiva”.

En 1970, en ocasión del primer tiraje convenido con la editorial Monte Ávila, el autor apuntó que Los Viajeros de Indias seguía siendo “su obra fundamental". Los Viajeros arrastraba consigo los más diversos comentarios dentro y fuera del país. En el prólogo Herrera Luque lo admite complacido y satisfecho porque “Hasta la fecha (1970), y recopiladas por el autor, hay ciento diez notas, críticas y comentarios sobre Los Viajeros de Indias (Imprenta Nacional, Caracas, 1962).

Todo lo contrario a un desacierto consideró el doctor Velásquez favorecer con el patrocinio del Estado, la primera entrega de libro Los Viajeros de Indias. Herrera Luque vuelca con pasión su talento, energía y creatividad hacia la investigación y la literatura.

Cada paso del desarrollo de la vocación literaria de Pancho lo sigue Velásquez para reconocer, estimular y resaltar los valores presentes en la obra histórico-literaria de aquel caraqueño del año 1927. Los 11 años de edad que los separaba no hacían mella para tratarse con tal familiaridad que el polémico, siempre controversial Herrera Luque, no evita nutrirse con las opiniones y visiones compartidas con Velásquez quien, en 1995, acepta formar parte de la directiva de la FFHL, creada tres años antes por notables intelectuales que consideran conveniente y necesaria la iniciativa de institucionalizar el estudio, difusión y proyección de la personalidad y obra del escritor que en un año antes de su muerte en 1991, optó por dejar de lado el ejercicio profesional. “¡Manuel Felipe Jaramillo, a mí lo que me interesa es escribir, la literatura!” – le manifiesta al colega en otro de sus actos de profunda sinceridad.

La primera iniciativa de Velásquez como presidente de la FFHL fue consignar en la Biblioteca Nacional los manuscritos de los libros de Pancho. De ahí en adelante, acompañarnos con la presencia, orientación, asesoría e incluso juzgar con dureza proyectos y propuestas rechazados con argumentos de peso.

Imposible olvidar que apenas una semana antes de la fecha programada, Ramón J. Velásquez llama a María Margarita para decirle que él no tomará parte en el acto previsto para ofrecerle un homenaje ya organizado que tendría como escenario el auditorio de la Casa Rómulo Gallegos, sede del CELARG. “Venezuela no está para rendir homenajes” –comentó en carta que también hizo publicar en la prensa. 300 personas habían confirmado que asistirían.

Sin embargo, nos dispensó el tiempo suficiente para que César Cortes grabara la única biografía del doctor Velásquez narrada por él mismo, documento recogido por la FFHL en un CD publicado con el título Un hombre con historia, gracias a la contribución de BANCARIBE.

Ramón J. Velasquez dirigió la Fundación Francisco Herrera Luque junto a María Margarita Herrera y su directiva, quien con incansable persistencia ha encaminado un conjunto de actividades y eventos de los cuales Ramón J. Velásquez siempre sugirió sus títulos y temas porque era extraordinario tomando el pulso del país, las Jornadas Anuales de Reflexión así lo expresan: Balance del Siglo XX, Balance psicosocial del Venezolano, Fin a la Violencia, Hacia donde vamos, Las inmigraciones a Venezuela en el siglo XX y Como construir un país en nuestro tiempo, entre otros. Reflexiones que fueron editadas en publicaciones de la Fundación al año siguientes del evento. Hoy, la Fundación asume el reto de continuar la labor de Ramón J. Velasquez para continuar consolidándonos como una fundación con fines educativos y culturales y continuaremos bajo el lineamiento de Dr. Velasquez “la formación del individuo es fundamental para el país”.

Su brillantez, agudeza del pensamiento, capacidad de análisis, estimulantes mensajes siempre para edificar, claridad de su escritura, afirmación de los valores humanísticos y científicos fundamentales, estímulo a la comunicación y al compromiso con la docencia, educación, la comunicación, resaltar la historia y la literatura, en general el libro y la cultura, en fin sus palabras sabias siempre nos inspirarán y marcarán nuestro rumbo.

Entre los integrantes de la Fundación, su presencia pasa a ser espiritual, afectiva, ejemplo y responsabilidad inquebrantables de gratitud y admiración.

 


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